El domador, el León y la paloma

Un anciano contaba a su nieto una historia de un domador.

Un domador que luchó por muchos días y noches para domar a una fiera que se había tragado, de un solo bocado, a una paloma.

Todos le decían al domador que no podría lograrlo, porque el León era muy feroz y peligroso y que le iba a causar mucho daño si osaba domarlo.

Era una lucha épica, fuerte, con el indomable león, feroz y cruel.

El domador tenaz luchaba en cada batalla para vencer al fiero león que no se dejaba derrotar.

El domador sabía lo que hacía, permanecía persistente tanto podía ya que el León no se dejaba doblegar.

Lucha tras lucha el León hirió muchas veces al domador.

Le hirió la mano de un zarpazo, le hirió el pecho y le hizo una herida grande al lado del corazón. Y resistió y resistió, hasta que un día el León logró escapar.

El domador, en vez de sentirse alegre, se sintió muy triste porque el León escapó.

Entonces – en medio del relato – el niño le preguntó al anciano que narraba la historia ¿por qué el Domador se sentía triste y por qué extrañaba al León que tantas heridas le había ocasionado?, por el contrario, debería sentirse alegre ya que el León se había marchado- expresó el niño - el León nunca más le haría daño y ya no le lastimaría nunca más.

Y el abuelo respondió: No hijo,… yo no extraño al León, mis heridas curarán, sanaré de los zarpazos que me hizo en el corazón y de todas mis heridas solo quedarán cicatrices, pero estaré bien; me siento triste y extraño mucho al León porque él se había tragado a mi paloma que tanto amaba y yo quería liberarla, por eso resistí todos los ataques del fiero animal. Por eso extraño al León, porque no logré recuperar mi amada paloma.

Mauricio Guillén

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